lunes, 17 de abril de 2017

CANCIÓN DE LA CALLE MUDA

Imagen: Cidade de Deus (Ciudad de Dios), 2002. Director: Fernando Meirelles. Novela: Paulo Lins.
Drama basado en hechos reales en suburbio de Río de Janeiro. Cine de culto.
Calle de la distancia,
calle de la hora puesta,
  donde el sol se apresura
ebrio de realidades...

Las cosas que he visto
aún tiemblan en mí.
Tiempo fugitivo
detrás del vivir,
dolor indecible
sobre el manantial,
ternura oprimida
queriendo escapar.
Aurora indeleble
sobre aquel rosal,
los brazos del viento,
tu rostro al pasar.

Las cosas que he visto
aún duelen en mí.
La flor ignorada
sobre el adoquín,
un techo vencido
y un triste reloj;
tu cuerpo pequeño
pisado y sin voz.
La sombra y la ruina
peinando los ojos,
y un sol de reojo
cruzando la esquina.

Las cosas que he visto
aún tiemblan en mí.
La vida escondida
temiendo salir,
la rama quemada
y el aire de luto,
codicia, cloacas,
cortinas de humo.
Penachos de estrellas
buscando el fulgor,
almas errantes,
los hijos de Dios.


Poema de Clarisa Tomás Campa. © All Rights Reserved. 


 Les Choristes - ''Vois Sur Ton Chemin''. ( En Concert ).



Gracias, lectores.

miércoles, 5 de abril de 2017

LA VIDA AL DESNUDO

Jeannette Ayinkamiye, 17 años, agricultora y costurera.
Colina de Kinyinya (Maranyundo). Víctima del Genocidio de Rwuanda. Abril, 1994.
Autor: Raymond Depardon. Tomada del libro La vida al desnudo: Voces de Ruanda.

   Cuando se van a cumplir 23 años del genocidio ruandés, os traigo este libro sobre lo sucedido. Libro que relata la barbarie a través de algunas voces supervivientes, sin más pretensión por parte de su autor que la de escuchar a las víctimas para apaciguar su desasosiego. Darles voz, para compensarles, al menos, con su testimonio escrito, y que éste no caiga en el olvido.
Para mí, por circunstancias personales, el genocidio de Rwanda siempre tendrá un verso, una palabra desde mi corazón, a tal hecho inhumano. Por otro lado, este libro es singular, muy recomendable su lectura, para quienes se preguntan cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en matarife de su propia sangre. (Aunque esa respuesta nadie sabe).

La vida al desnudo: Voces de Ruanda
Autor: Jean Hatzfeld
Ediciones Turpial (2005)
Traducción de María Teresa de los Ríos
Título original:
Dans le un de la vie.
Récits des marais rwandais.
París, 2000
Fotografías de Raymond Depardon

Introducción
Entre las once de la mañana del lunes 11 de abril y las dos de la tarde del sábado 14 de mayo de 1994, alrededor de 50.000 tutsis – de una población aproximada de 59.000 – fueron masacrados a machetazos, todos los días de la semana de nueve y media de la mañana a cuatro de la tarde, por milicianos y vecinos hutus en las colinas del municipio de Nyamata, en Ruanda.
Unos días antes, en la tarde del 6 de abril de 1994, el avión que llevaba a Kigali al presidente de la República de Ruanda, Juvénal Habbyarimana, hizo explosión cuando sobrevolaba el aeropuerto. El atentado marcó el comienzo de las matanzas de población tutsi que, planificadas desde hacía meses, se iniciaron al amanecer en las calles de la capital y se extendieron por todo el país.
   En la aldea de Nyamata, en el paisaje de colinas y pantanos de la región de Bugesera, las matanzas comenzaron en la calle mayor cuatro días después. Oleadas de tutsis buscaron muy pronto refugio en las iglesias o huyeron hacia los platanares, los pantanos y los bosques de eucaliptos. Los días 14, 15 y 16 de abril fueron asesinadas cinco mil personas en la iglesia de Nyamata – y otras tantas en la de N`tarama, poblado situado a una veintena de kilómetros – por milicianos, militares y la inmensa mayoría de los vecinos hutus. Ambas masacres inauguraron el genocidio en esta comarca árida de duro suelo arcilloso. Se prolongó hasta mediados de mayo. A lo largo de un mes, milicias de asesinos disciplinados y sobrios que entonaban canciones, armados con machetes, lanzas y mazas, acorralaron a los fugitivos y los persiguieron hasta el bosque de eucaliptos de Kayumba y los pantanos de papiro de Nyamwiza. Su diligencia les permitió matar a cinco de cada seis tutsis, proporción semejante a la registrada en el conjunto de aldeas ruandesas y muy superior a la de las ciudades.
   Durante varios años los supervivientes de las colinas de Nyamata, al igual que de otros lugares, han guardado un silencio tan enigmático como el que guardaron los supervivientes de los campos de concentración nazis tras su liberación. Para unos, explican, «la vida se rompió», para otros «se detuvo», otros piensan que «es necesario reanudarla»; pero todos admiten que entre ellos sólo hablan del genocidio.
Para explicar un silencio tan largo decían también, por ejemplo, que «se vieron empujados a la cuneta, como si estuvieran de más». O que «desconfiaban de los seres humanos» y que estaban demasiado desanimados, alejados, «derrumbados». Que se sintieron «incómodos» o incluso «culpables» por haber ocupado el lugar de un conocido o haber recuperado las costumbres de los vivos.
Un genocidio no es una guerra especialmente mortífera y cruel. Es un proyecto de exterminio. Al final de una guerra los supervivientes civiles sienten una intensa necesidad de ofrecer su testimonio; al final de un genocidio, por el contrario, los supervivientes aspiran extrañamente al silencio. Su hermetismo resulta perturbador.
Llevará mucho tiempo escribir la historia del genocidio ruandés. Pero el objetivo del presente libro no es sumarse al cúmulo de investigaciones, documentos o novelas – a veces excelentes – ya publicados, sino únicamente dar a conocer estos asombrosos relatos de supervivientes.
   Un genocidio es – resumiendo la definición de una de las entrevistadas – una empresa inhumana imaginada por seres humanos, demasiado enloquecida y demasiado metódica para resultar comprensible. El relato de la huida a través de los pantanos de Claudine, Odette, Jean-Baptiste, Christine y sus vecinos; la narración, a menudo dura y magníficamente expresada, de sus acampadas nocturnas, de su desgracia, humillación y posterior apartamiento; sus reservas hacia los otros, sus obsesiones, sus complicidades y el escrutinio de sus recuerdos; sus reflexiones de supervivientes, pero también de campesinos africanos, nos acercan cuanto es posible a esa comprensión.
JEAN HATZFELD


AMANECER EN NYAMATA . (Fragmento).

Jeannette Ayinkamiye, 17 años, agricultora y costurera, Colina de Kinyinya (Maranyundo).

Nací entre siete hermanos y dos hermanas. A papá lo tajaron el primer día, pero nunca supimos dónde. A mis hermanos los mataron poco después. Con mamá y mis hermanas pequeñas conseguimos huir hasta los pantanos. Aguantamos un mes bajo los enramados del papiro, casi sin ver ni oír nada del mundo.
Los días los pasábamos echados en el barro rodeados de serpientes y mosquitos, para protegernos de los ataques de los interahamwe. Por la noche vagábamos entre las casas abandonadas para buscar qué comer en las parcelas. Comíamos lo que encontrábamos, así que había muchos casos de diarrea; pero, por suerte, las enfermedades corrientes como la malaria y las fiebres de las lluvias parecían respetarnos por una vez. No sabíamos nada del exterior, salvo que los tutsis estaban siendo masacrados en todos los municipios y que todos moriríamos en poco tiempo.
   Teníamos la costumbre de escondernos en pequeños grupos. Un día los interahamwe descubrieron a mamá debajo de los papiros. Mamá se levantó y les ofreció dinero para que la mataran de un solo machetazo. La desnudaron para quitarle el dinero anudado a su pareo. Le cortaron primero los brazos y luego las piernas. Mamá murmuraba: «Santa Cecilia, Santa Cecilia», pero no suplicaba.
   Este pensamiento me entristece. Pero me pone igual de triste recordarlo en voz alta que en voz silenciosa, por eso no me molesta contárselo a usted.
Mis dos hermanas pequeñas lo vieron todo porque estaban echadas al lado de mamá; a ellas también las golpearon. A Vanessa la hirieron en los tobillos, a Marie-Claire en la cabeza. Los matarifes no las despedazaron. Quizá porque tenían prisa, quizá lo hicieron a propósito, como con mamá. Yo sólo oí ruidos y gritos porque estaba disimulada en un hoyo un poco más lejos. Cuando los interahamwe se fueron salí y le di agua a mamá.

   Mamá permaneció tendida durante tres días hasta que finalmente murió. Al segundo día sólo podía susurrar: «Adiós, hijas» y pedir agua, pero seguía sin conseguir marcharse. Veía que para ella todo había acabado. Comprendía también que para ciertas personas que estaban abandonadas de todo y para quienes el sufrimiento se convertía en la última compañía, la muerte debeía de ser un trabajo demasiado largo y muy inútil. Al tercer día ya no podía tragar, sólo gemir en voz baja y mirar. Nunca cerró los ojos. Se llamaba Agnès Nyirabuguzi. En kinya-ruanda, Nyirabuguzi significa «la que es fecunda».
.......................
«A menudo lamento el tiempo malgastado en pensar en este mal. Me digo que el miedo nos roba el tiempo que la suerte nos ha reservado. Me repito, bromeando conmigo misma: «Bueno, si todavía hay alguien que quiera tajarme, que vaya a buscar su machete; después de todo no soy más que una persona superviviente, así que matará a alguien que debería estar muerto», y me divierto con esa fantasía.
Porque si uno se entretiene mucho con el miedo al genocida, pierde la esperanza. Pierde lo que ha conseguido salvar de la vida. Se arriesga a contaminarse con otra locura. Cuando pienso en el genocidio, en momentos de tranquilidad, reflexiono para saber dónde colocarlo dentro de la existencia, pero no encuentro ningún ligar. Quiero decir simplemente que no es humano».
Nyamata, abril de 2000.




Gracias, lectores. "Haya paz".

sábado, 11 de marzo de 2017

ERES DULCE

Imagen: La cuna de la pintora Berthe Morisot, 1872. Estilo: Impreionismo.
Óleo sobre lienzo (Musée d'Orsay).


Canto de nacimiento,
desde tu cuna...



Eres dulce como beso dulce:
retoño amado.
Vuelvo a ti como vuelve la mañana
a ondear sobre los valles,
la tregua en su bálsamo hasta el oeste.
Nada detiene mi peregrinar
cantándole al día
en que te vi nacer.
Nada detiene el cauce
donde está mi mente al remo,
lírica entre densos matorrales,
le silbo al torrente del desanimo.
Porque vine a la vida
para cantarte, para velar por ti
en la mesana
y estar contigo en los temores,
entre los inexplicables átomos
donde el amor se hace úvula.
Desde la torre arcana
donde el aire sublima tu heredad,
una luz contempla tus mejillas.
Eres dulce como el aroma dulce
del pan recién nacido,
tierno en los dátiles,
desmesurado sobre el vientre de las espigas.
A donde voy, tú vas conmigo,
somos dos unidos en el germen,
la misma piel y el mismo núcleo,
la misma semilla que hará retornar las estaciones.

Autor: Clarisa Tomás-Campa. © All Rights Reserved. 

Gracias, lectores. 



domingo, 5 de marzo de 2017

NO DESPERTÉIS JAMÁS A LA SERPIENTE

Imagen: "Remando al viento" (Rowing with the wind) del director Gonzalo Suárez, 1988.
Ganadora de 6 premios Goya, incluyendo Mejor Director y Fotografía.
Film basado en los personajes reales de Lord Byron, Mary Shelley y Percy Shelley.



"No despertéis jamás a la serpiente,
por miedo a que ella ignore su camino;
dejad que se deslice mientras duerme
sumida en la honda yerba de los prados.
Que ni una abeja la oiga al arrastrarse,
que ni una mosca efímera resurja
de su sueño, acunada en la campánula,
ni las estrellas, cuando se escabulla
silente entre la yerba, escurridiza".


WAKE THE SERPENT NOT
«Wake the serpent not – lest he
Should not know the way to go, –
Let him crawl which yet lies seleeping
Through the deep grass of the meadow!
Not a bee shall hear him creeping,
Not a way-fly shall awaken
From its cradling blue-bell shaken,
Not the starlight as he's sliding
Through the grass with silent gliding». (1819)





Autor: Percy Bysshe Shelley
Escritor, ensayista y poeta romántico inglés. Nace el 4 de agosto de 1792 en Field Place, Sussex, muere el 8 de julio de 1822 en Lerici, Italia.
Traducción prólogo y notas de Juan Abeleira y Alejandro Valero.
Antología poética
Poesía Hiperión, primera edición española: 1991. 5ª edición: 2011.

   Os dejo aquí este enigmático y hermoso poema de Shelley, con el cual nos sorprendió un día, nuestra profesora de inglés y que le agradecí, porque si hay algo en lo que casi todos estamos de acuerdo, respecto de la poesía, es en todo lo que pierde, a veces, hasta los significados, al ser traducida. En este caso, la traducción es de lo mejor que se ha traducido del autor (según algunos entendidos).
   Por lo que se entrevé, su tema no es otro que el leve tránsito desde la vida a la muerte: una serpiente dormida se desliza bajo la yerba de los prados hacia algún lugar desconocido; nadie debe despertarla de su letargo. Así, la naturaleza, lejos de desequilibrarse, seguirá imperturbable completando su círculo eterno, como si nada sucediese. Shelley fue apodado por sus amigos com "The Serpent" , observamos, que el texto cobra entonces un valor especial.

   Shelley, en contraposición a sus maestros líricos, su percepción de la naturaleza fue marcadamente científica. En muchos de sus poemas se aprecian descripciones más propias de un naturalista que de un poeta. Quizá ese deslumbramiento científico agudizo su obstinado ateísmo y su angustia ante el vacío de de la muerte.
   El diós de Shelley, a quien intentó nombrar con diversos conceptos (Belleza, Poder, aliento, Espiritu, Amor, Origen) no es el dios cristiano, todopoderoso, ajeno a nuestra miseria, sino una fuerza creadora-destructora que modela los seres y las cosas siguiendo unas leyes inescrutables.
Sin embargo, fiel a su carácter neoplatónico, vivió en contradicción permanente, debatiéndose entre el amor a su poderoso ego (o su necesidad de amor) y la experiencia real de las personas a las que afirmó amar.
   Defensor de la unión libre, sincero partidario de la liberalización femenina, Shelley ve en la Mujer a otra mitad suya imprescindible para realizar sus aspiraciones, para alcanzar lo eterno, por encima de todo, como presencia palpable del Amor que es. 
   Y en verdad todo es Uno (sabia máxima filosófica), pensamiento, poesía, cuerpo, espíritu, aliento de la naturaleza, origen, poder, libertad, amor, mujer. Lo importante es fundir todas esas voces aparentemente distintas en un solo eco atronador que nos despierte al mundo.
Shelley, como casi todos nosotros, necesitaba descubrirlo por sí mismo, palparlo con urgencia en su propia carne.


Gracias por vuestra compañía, lectores.

miércoles, 15 de febrero de 2017

LOS QUE RUEDAN

Imagen: "Sísifo", óleo del pintor renacentista Tiziano,  realizado entre 1548 y 1549. Manierismo. 

«Sí, sed como la piedra,
como el canto rodado,
puros y resistentes,
terribles, obstinados».
J. A. Goytisolo.


No en vano me hallo aturdida y distante
en la bruma granítica del sacrificio,
con la efigie en mis brazos
sin respuesta ni heroísmo...

Compartamos la piedra de Sísifo,
su carga eterna, el castigo de los dioses
y rodemos al valle,
empeñemos la vida en volver a la cumbre.

No pensemos en lo inútil
de la agonía de ser carne,
no pensemos en lo absurdo de tener
la esperanza volcada en la nube,
y esperar ¡siempre huérfanos!,
que su llanto renazca lo perdido.

Pensemos en los caminos ciegos,
ávidos de luz y de agua fresca
que nos abarcan por dentro,
el oráculo donde destruiremos la memoria...

Búscame en los aterrados paisajes,
donde las alas viven su cárcel perpetua
y hallemos el preámbulo,
la causa insondable de la opresión,
el límite extraño de los que no retornan.

Seamos pendiente de ladera embarrada,
refugio de pies y huesos entre gusanos,
un gemir dispuesto a su alarido.
Seamos rastro con su elíptica férrea,
el mudo beso y la ciega palabra,
vestigios errantes que ruedan y ruedan.


Poema escrito por Clarisa Tomás Campa. © All Rights Reserved, 2017.  

Gracias, lector.

sábado, 28 de enero de 2017

EL TIEMPO PINTADO

Óleo del artista francés Paul Cézanne (1839-1906). "Montagne Sainte-Victoire" (1895).


La lluvia
ha borrado mis acuarelas,
pero sigo pintando en ti
y en los recuerdos...
Estoy llena
de vivos sentimientos.
Desde mi orilla.


Cuando acariciaba flores,
 veía tierra sudorosa y grama.
Cuando lavaba sombras,
descubría pequeños brotes de sonrisas
a punto de ser sazón.
Cuando buscaba alondras,
las nubes encogían precipitadamente
y se volvían espejos luminosos,
ventanales donde mirar ausencias.
Cuando pintaba, solo me nacían montañas,
las montañas salían de mí y llenaban mi casa...

Pinté montañas tristes y arrugadas
con el carmín grosella de mi madre,
y ella las guardó en su regazo mucho tiempo,
decía que eran iguales que su tierra...
En la pared más vieja de la casa
dibujé una montaña temblorosa,
que se hacía elástica y graciosa
como una montaña recién salida de su cuna.
Mis hermanos la llamaban “monperroña”,
porque en las noches ladraba
y asustaba a los sueños...
El día que nos fuimos de allí,
la recuerdo aullando en el balcón...

Pintando, pintando, encontré unos zapatos
llenos de mundos por pincelar y, con ellos me estampé
en todos los muros que no pude saltar,
donde perdí el miedo y gané en audacia...
Le agradezco a los días sus ojos abiertos
que miraban por mí, despertaban en mí...
Nada es mejor que la vida despierta:
¡despertar y vivir!

Y en todas las migraciones mías,
encontré senderos fuera de sus órbitas
despegados de sus mechones
que vagaban con ilusión...
Una estrella habladora por aquí;
un planeta sin nombre por allá;
un cometa inquieto dando vueltas,
ráfagas de luces en espiral...

Ahora que ya no pinto montañas,
me nacen abedules y pájaros azules,
pinceladas agrestes sobre este corazón
que a ratos se emborrona...

Y siempre en mi deambular,
algún secreto se dejó descubrir
abriéndome los ojos de par en par.
Alguno vino a mí con mano generosa,
acarició mi pelo y me hizo un guiño,
y me quitó mi blusa de ignorancias.


Poema escrito por Clarisa Tomás-Campa, de su libro (inédito) Relatinas.

Porque estamos llenos de vivos sentimientos...
Gracias, lectores.

miércoles, 11 de enero de 2017

HELECHOS BAJO LA NIEVE

Imagen: The boulevard Montmartre at Night. Camille Pissarro, pintor francés (1830-1903)
Impresionismo.

A un héroe cotidiano y cercano
de los derechos humanos: I. H.
Dans Montmartre.
Tú siempre me impresionaste
por tu entrega y lucha,
y por tus alas blancas...


Después de un tiempo, en mi vagabundeo,
te vi aquel día en Montmartre.
Tú cruzabas como fauno ebrio de lunas
embutido en tu anorak,
cimbreante a la luz de las farolas.
Desde el cristal de la tienda de libros,
me pareciste un helecho abatido
prendido a un corazón fugaz.

Las ojeras nómadas nos inundan,
no acertamos a despegar los párpados,
estamos hechos de frialdad inmensa.

Las calles gritan pero nadie las oye;
gritan farolillos en su abandono,
la huérfana arboleda,
las palabras pinceladas que alguien dejó
batiendo agudos en cualquier recodo.

Gime un rayito que no acierta y lucha
por alumbrar sobre el Sacré coeur,
porque ya no hay valientes
para salvar la Paz,
y tampoco la maldad deja de arrastrarse.
Porque nadie inventa un sueño
que no caiga en ruinas.

La mortal epopeya de los necios
enfangados en las nimias cosas,
va logrando el rodar perverso
y nos dejan sin ventura ni perfumes.
La cultura del hambre
que enseñan los avaros,
parlamentos henchidos de abuso y poder,
el óxido cruel, la fatua veleidad.
La migraña que invade
el trajín popular,
donde todo comienza y acaba
con matar, y matar y matar.

Siento que has viajado
por el lado adverso,
la desolación te fundió con su magma,
te han nacido candados en la boca.
Ir de peregrino y volver angustiado,
la infancia de horrores, las bárbaras modas,
las húmedas ciudades desencariñadas,
los resquicios de los tristes...

Sé que fuiste a los bordes terrenos,
que trepaste por rutas empinadas;
sé que has ido muriendo
con la muerte del mar acuchillado,
cuerpo a cuerpo entre la sal y la hiel,
gota a gota sumido en la pequeñez.

Te has erguido como helecho
en frágiles orillas,
como bandera sobre piedra has llorado,
nada es profundo sobre la tierra – tiemblas –,
la señal de que no hay vida te mantiene.

Y llegaste a las cuevas de Caín,
y te hundiste de ver tantos golpes
esparcidos en lugares sin sol.
Tú lo sabes, yo lo sé,
muchos lo saben...
Se reparten los muertos
en banquetes lujosos,
unos toman la sangre;
otros, relamen los huesos.
Donde el mundo se pudre
con su aura benéfica,
no hay nada – huyes –,
las bestias dominan cuanto admiras,
vuelve la invernada de los tiempos.

Y te vi alejarte cobijado
en la rutina de las calles,
prisionero del frío
bajo el tul de Montmartre...
Tu figura era verde
como helechos marinos
ondulantes, bajo el manto de nieve
de la orilla del río,
espigados en trágica rueda,
tus hombros se unieron a otros hombros
junto al Sena, desaparecías...


Poema especial de mi obra inédita, que formará parte de un libro de poemas dedicados sobre Historias pasajeras (en algún momento próximo).
Autor: Clarisa T.

De mi leyenda, vía soliloquio:
En las orillas volcamos palabras,
los náufragos y los tristes, 
como el maestro remero
quisiéramos llegar a la otra parte,
allí donde empieza el sabio
silencio y las palabras se hacen luces... 

Gracias, amigos lectores.


Nota:
Para los enamorados del impresionismo, os dejo un enlace, por si podéis visitar la exposición que estará hasta el 15 de marzo de este año en el Musée d'Orsay sobre Fréderic Bazille (1841-1870). Merci.