viernes, 5 de mayo de 2017

SIETE VECES MI CASA

Imagen: "Dolor". Pintura de Wifredo Lam. Pintor vanguardista cubano (1902-1982).
Premio Internacional Guggenheim.

Álzame como a ola, como a hoja o nube,
pues caigo en las espinas de la vida sangrando!"
Percy B. Shelley.



Vinieron los asoladores
siete veces a mi casa,
se llevaron siete veces todo.
El canto del ibis
y los atardeceres en brazos
de mis amores.
¡Todo el amor se llevaron!
Por último, las paredes
con sus cuatro ventanas.

Quedó mi casa
con su nombre en el suelo,
junto a trozos de ojos
en medio de otras casas sin bocas.
Los asoladores pasan
sobre la piel de mi casa a diario,
el lugar de mi nombre
es su camino de tránsito.
Ellos visten
de color rojo fuego;
otras veces, sus negruras
ahuyentan el negro
azabache de la noche;
ante mis ojos, aparecen indefinibles...
¡Oh, viento del este!

Sus ropajes asustan
como la espalda del miedo
o el dolor a contraluz.
Y reafirman con sus botas
el terreno conquistado,
y bailan y hacen piruetas
sobre el que una vez
fue mi techo de luciérnagas.
Mi techo, refugio de pajarillos
que soñaban con emplumarse...

Sobre las ruinas asoladas,
ellos vuelven y pisan
con su furia insistente,
muelen la única piedra que quedó viva
y esparcen el polvo de nuestros huesos,
nos dejan sin cenizas...
No perdono sus risas, ni perdono al aire
que les dio aliento y látigo,
ni a la vida, que los creó para arruinar...

Crecen dunas temblorosas, montículos
de nombres desérticos
sobre el lugar donde mi casa cantaba.

Si miro bien
en días transparentes,
aún puedo ver el lugar de mi nombre,
el dibujo de mi casa con sus señales,
allí junto al huerto de ñames
y las plantas de té;
allí donde aún merodea la pobreza
con su perro y su arraigo.

¡Mi casa,
con sus cuatro ventanas
que quedó destruida,
siete veces!

Poema de Clarisa Tomás. © All Rights Reserved.
(Dedicado a Amara, al dolor de sus siete años).


Gracias,lectores.

lunes, 17 de abril de 2017

CANCIÓN DE LA CALLE MUDA

Imagen: Cidade de Deus (Ciudad de Dios), 2002. Director: Fernando Meirelles. Novela: Paulo Lins.
Drama basado en hechos reales en suburbio de Río de Janeiro. Cine de culto.
Calle de la distancia,
calle de la hora puesta,
  donde el sol se apresura
ebrio de realidades...

Las cosas que he visto
aún tiemblan en mí.
Tiempo fugitivo
detrás del vivir,
dolor indecible
sobre el manantial,
ternura oprimida
queriendo escapar.
Aurora indeleble
sobre aquel rosal,
los brazos del viento,
tu rostro al pasar.

Las cosas que he visto
aún duelen en mí.
La flor ignorada
sobre el adoquín,
un techo vencido
y un triste reloj;
tu cuerpo pequeño
pisado y sin voz.
La sombra y la ruina
peinando los ojos,
y un sol de reojo
cruzando la esquina.

Las cosas que he visto
aún tiemblan en mí.
La vida escondida
temiendo salir,
la rama quemada
y el aire de luto,
codicia, cloacas,
cortinas de humo.
Penachos de estrellas
buscando el fulgor,
almas errantes,
los hijos de Dios.


Poema de Clarisa Tomás Campa. © All Rights Reserved. 


 Les Choristes - ''Vois Sur Ton Chemin''. ( En Concert ).



Gracias, lectores.

miércoles, 5 de abril de 2017

LA VIDA AL DESNUDO

Jeannette Ayinkamiye, 17 años, agricultora y costurera.
Colina de Kinyinya (Maranyundo). Víctima del Genocidio de Rwuanda. Abril, 1994.
Autor: Raymond Depardon. Tomada del libro La vida al desnudo: Voces de Ruanda.

   Cuando se van a cumplir 23 años del genocidio ruandés, os traigo este libro sobre lo sucedido. Libro que relata la barbarie a través de algunas voces supervivientes, sin más pretensión por parte de su autor que la de escuchar a las víctimas para apaciguar su desasosiego. Darles voz, para compensarles, al menos, con su testimonio escrito, y que éste no caiga en el olvido.
Para mí, por circunstancias personales, el genocidio de Rwanda siempre tendrá un verso, una palabra desde mi corazón, a tal hecho inhumano. Por otro lado, este libro es singular, muy recomendable su lectura, para quienes se preguntan cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en matarife de su propia sangre. (Aunque esa respuesta nadie sabe).

La vida al desnudo: Voces de Ruanda
Autor: Jean Hatzfeld
Ediciones Turpial (2005)
Traducción de María Teresa de los Ríos
Título original:
Dans le un de la vie.
Récits des marais rwandais.
París, 2000
Fotografías de Raymond Depardon

Introducción
Entre las once de la mañana del lunes 11 de abril y las dos de la tarde del sábado 14 de mayo de 1994, alrededor de 50.000 tutsis – de una población aproximada de 59.000 – fueron masacrados a machetazos, todos los días de la semana de nueve y media de la mañana a cuatro de la tarde, por milicianos y vecinos hutus en las colinas del municipio de Nyamata, en Ruanda.
Unos días antes, en la tarde del 6 de abril de 1994, el avión que llevaba a Kigali al presidente de la República de Ruanda, Juvénal Habbyarimana, hizo explosión cuando sobrevolaba el aeropuerto. El atentado marcó el comienzo de las matanzas de población tutsi que, planificadas desde hacía meses, se iniciaron al amanecer en las calles de la capital y se extendieron por todo el país.
   En la aldea de Nyamata, en el paisaje de colinas y pantanos de la región de Bugesera, las matanzas comenzaron en la calle mayor cuatro días después. Oleadas de tutsis buscaron muy pronto refugio en las iglesias o huyeron hacia los platanares, los pantanos y los bosques de eucaliptos. Los días 14, 15 y 16 de abril fueron asesinadas cinco mil personas en la iglesia de Nyamata – y otras tantas en la de N`tarama, poblado situado a una veintena de kilómetros – por milicianos, militares y la inmensa mayoría de los vecinos hutus. Ambas masacres inauguraron el genocidio en esta comarca árida de duro suelo arcilloso. Se prolongó hasta mediados de mayo. A lo largo de un mes, milicias de asesinos disciplinados y sobrios que entonaban canciones, armados con machetes, lanzas y mazas, acorralaron a los fugitivos y los persiguieron hasta el bosque de eucaliptos de Kayumba y los pantanos de papiro de Nyamwiza. Su diligencia les permitió matar a cinco de cada seis tutsis, proporción semejante a la registrada en el conjunto de aldeas ruandesas y muy superior a la de las ciudades.
   Durante varios años los supervivientes de las colinas de Nyamata, al igual que de otros lugares, han guardado un silencio tan enigmático como el que guardaron los supervivientes de los campos de concentración nazis tras su liberación. Para unos, explican, «la vida se rompió», para otros «se detuvo», otros piensan que «es necesario reanudarla»; pero todos admiten que entre ellos sólo hablan del genocidio.
Para explicar un silencio tan largo decían también, por ejemplo, que «se vieron empujados a la cuneta, como si estuvieran de más». O que «desconfiaban de los seres humanos» y que estaban demasiado desanimados, alejados, «derrumbados». Que se sintieron «incómodos» o incluso «culpables» por haber ocupado el lugar de un conocido o haber recuperado las costumbres de los vivos.
Un genocidio no es una guerra especialmente mortífera y cruel. Es un proyecto de exterminio. Al final de una guerra los supervivientes civiles sienten una intensa necesidad de ofrecer su testimonio; al final de un genocidio, por el contrario, los supervivientes aspiran extrañamente al silencio. Su hermetismo resulta perturbador.
Llevará mucho tiempo escribir la historia del genocidio ruandés. Pero el objetivo del presente libro no es sumarse al cúmulo de investigaciones, documentos o novelas – a veces excelentes – ya publicados, sino únicamente dar a conocer estos asombrosos relatos de supervivientes.
   Un genocidio es – resumiendo la definición de una de las entrevistadas – una empresa inhumana imaginada por seres humanos, demasiado enloquecida y demasiado metódica para resultar comprensible. El relato de la huida a través de los pantanos de Claudine, Odette, Jean-Baptiste, Christine y sus vecinos; la narración, a menudo dura y magníficamente expresada, de sus acampadas nocturnas, de su desgracia, humillación y posterior apartamiento; sus reservas hacia los otros, sus obsesiones, sus complicidades y el escrutinio de sus recuerdos; sus reflexiones de supervivientes, pero también de campesinos africanos, nos acercan cuanto es posible a esa comprensión.
JEAN HATZFELD


AMANECER EN NYAMATA . (Fragmento).

Jeannette Ayinkamiye, 17 años, agricultora y costurera, Colina de Kinyinya (Maranyundo).

Nací entre siete hermanos y dos hermanas. A papá lo tajaron el primer día, pero nunca supimos dónde. A mis hermanos los mataron poco después. Con mamá y mis hermanas pequeñas conseguimos huir hasta los pantanos. Aguantamos un mes bajo los enramados del papiro, casi sin ver ni oír nada del mundo.
Los días los pasábamos echados en el barro rodeados de serpientes y mosquitos, para protegernos de los ataques de los interahamwe. Por la noche vagábamos entre las casas abandonadas para buscar qué comer en las parcelas. Comíamos lo que encontrábamos, así que había muchos casos de diarrea; pero, por suerte, las enfermedades corrientes como la malaria y las fiebres de las lluvias parecían respetarnos por una vez. No sabíamos nada del exterior, salvo que los tutsis estaban siendo masacrados en todos los municipios y que todos moriríamos en poco tiempo.
   Teníamos la costumbre de escondernos en pequeños grupos. Un día los interahamwe descubrieron a mamá debajo de los papiros. Mamá se levantó y les ofreció dinero para que la mataran de un solo machetazo. La desnudaron para quitarle el dinero anudado a su pareo. Le cortaron primero los brazos y luego las piernas. Mamá murmuraba: «Santa Cecilia, Santa Cecilia», pero no suplicaba.
   Este pensamiento me entristece. Pero me pone igual de triste recordarlo en voz alta que en voz silenciosa, por eso no me molesta contárselo a usted.
Mis dos hermanas pequeñas lo vieron todo porque estaban echadas al lado de mamá; a ellas también las golpearon. A Vanessa la hirieron en los tobillos, a Marie-Claire en la cabeza. Los matarifes no las despedazaron. Quizá porque tenían prisa, quizá lo hicieron a propósito, como con mamá. Yo sólo oí ruidos y gritos porque estaba disimulada en un hoyo un poco más lejos. Cuando los interahamwe se fueron salí y le di agua a mamá.

   Mamá permaneció tendida durante tres días hasta que finalmente murió. Al segundo día sólo podía susurrar: «Adiós, hijas» y pedir agua, pero seguía sin conseguir marcharse. Veía que para ella todo había acabado. Comprendía también que para ciertas personas que estaban abandonadas de todo y para quienes el sufrimiento se convertía en la última compañía, la muerte debeía de ser un trabajo demasiado largo y muy inútil. Al tercer día ya no podía tragar, sólo gemir en voz baja y mirar. Nunca cerró los ojos. Se llamaba Agnès Nyirabuguzi. En kinya-ruanda, Nyirabuguzi significa «la que es fecunda».
.......................
«A menudo lamento el tiempo malgastado en pensar en este mal. Me digo que el miedo nos roba el tiempo que la suerte nos ha reservado. Me repito, bromeando conmigo misma: «Bueno, si todavía hay alguien que quiera tajarme, que vaya a buscar su machete; después de todo no soy más que una persona superviviente, así que matará a alguien que debería estar muerto», y me divierto con esa fantasía.
Porque si uno se entretiene mucho con el miedo al genocida, pierde la esperanza. Pierde lo que ha conseguido salvar de la vida. Se arriesga a contaminarse con otra locura. Cuando pienso en el genocidio, en momentos de tranquilidad, reflexiono para saber dónde colocarlo dentro de la existencia, pero no encuentro ningún ligar. Quiero decir simplemente que no es humano».
Nyamata, abril de 2000.




Gracias, lectores. "Haya paz".

sábado, 11 de marzo de 2017

ERES DULCE

Imagen: La cuna de la pintora Berthe Morisot, 1872. Estilo: Impreionismo.
Óleo sobre lienzo (Musée d'Orsay).


Canto de nacimiento,
desde tu cuna...



Eres dulce como beso dulce:
retoño amado.
Vuelvo a ti como vuelve la mañana
a ondear sobre los valles,
la tregua en su bálsamo hasta el oeste.
Nada detiene mi peregrinar
cantándole al día
en que te vi nacer.
Nada detiene el cauce
donde está mi mente al remo,
lírica entre densos matorrales,
le silbo al torrente del desanimo.
Porque vine a la vida
para cantarte, para velar por ti
en la mesana
y estar contigo en los temores,
entre los inexplicables átomos
donde el amor se hace úvula.
Desde la torre arcana
donde el aire sublima tu heredad,
una luz contempla tus mejillas.
Eres dulce como el aroma dulce
del pan recién nacido,
tierno en los dátiles,
desmesurado sobre el vientre de las espigas.
A donde voy, tú vas conmigo,
somos dos unidos en el germen,
la misma piel y el mismo núcleo,
la misma semilla que hará retornar las estaciones.

Autor: Clarisa Tomás-Campa. © All Rights Reserved. 

Gracias, lectores.